[D.L. Relato 47] Un retiro espiritual

ENLACE: https://drive.google.com/open?id=0B3HydQaZe1c2Q0ZkdWJ1LWtLMXFBaGxPOWFpeGNPMnJpR3dn Parámetros de valoración a los que deben atenerse los usuarios, asignando a cada uno de ellos, valores de entre 1-5, ambos inclusive, y con la posibilidad de asignar un valor de medio punto, es decir. 2,5 es aceptado. 2,33 no. Contenido: Forma: Fidelidad: Pueden, y se agradecerán, comentarios escritos acerca del porque de cada valoración. Se espera de los participantes que las críticas a otros relatos cuando los puntúen sean constructivas. Se espera lo mismo de los no-participantes, y recordamos que las normas del foro de convivencia no se suspenden en estos temas. A tener en cuenta. Solo los usuarios participantes del evento tienen la potencia de emitir votaciones numéricas. Debido a la gran cantidad de relatos recibidos, os animamos a participar en los relatos que hayan trascendido menos, o tenido una repercusión más baja en su correspondiente hilo. Debido a problemas con las herramientas del foro, aparte de en su correspondiente hilo, enlazamos al relato original en el formato en el que nos fue entregado. ---------------- Era una mañana cálida. Apenas había salido sol, inundando con sus perezosos rayos las montañas donde descansaba el monasterio Hirana. Pequeños pájaros revoloteaban de aquí para allá batiendo sus brillantes alas entre la frondosa vegetación. Los árboles, aun adormilados, desperezaban sus largas y nudosas ramas creando una bella sinfonía. Toda Jonia parecía despertar suavemente, aun sumida en un profundo sueño. Este no era el caso de Ahri. La joven vastaya había organizado ese viaje con unas semanas de antelación. El monasterio era un lugar francamente solicitado por los habitantes más espirituales de la región y para evitar el bullicio había que solicitar de antemano el uso del templo. Tanto jóvenes como adultos se repartían por sus alrededores, absortos en sus pensamientos y acompañados por la belleza inmaculada del lugar. Las montañas eran grandes riscos grisáceos, de los cuales colgaban sin temor numerosos árboles y arbustos de hojas perennes. Al mismo tiempo la tenue neblina que impedía ver el pie de las montañas aportaba cierto toque místico a la escena. Ahri se paró delante las grandiosas y rugosas puertas del monasterio. En la región de Jonia las construcciones se basaban en un acuerdo mutuo entre naturaleza y constructor. Es por ello que todas las edificaciones se basaban en grandes ramas de árboles que se iban entretejiendo por sí mismas, creando unos espacios naturales donde los jonios podían desarrollar todas sus actividades en total sintonía con la naturaleza. El monasterio no era menos. Unos imponentes troncos plateados se iban enredando, como si de un tejido complejo se tratasen, creando una red de grandes ramas que se abrazaban en armonía. El suelo era de un brillante mármol grisáceo. Ahri observó atentamente su rostro reflejado en el pavimento. Se sorprendió al descubrir su expresión meditabunda. Sus nueve colas tintinearon mientas sacudiendo la cabeza se dispuso a caminar hacia las puertas de madera. Lo que más le llamo la atención fue el silencio. Era un silencio especial, mágico. Si prestabas atención podías distinguir un sinfín de pequeños sonidos que juntos creaban una suave melodía. El ligero movimiento de las hojas rojizas de los árboles de alrededor la tranquilizó. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo nerviosa que estaba. No era la primera vez que iba al monasterio, pero desde la última habían pasado ya un par de años. Era ahora cuando había sentido la necesidad de acudir al monasterio Hirana. Algo en su interior estaba revuelto, pidiéndole a gritos que acudiese a la llamada espiritual del templo. Como el ser espiritual que era se nutría de los recuerdos que extraía y aquello, a largo plazo, era una ardua tarea. Por ello Ahri siempre intentaba meditar con frecuencia, retirándose a algún bosquecillo alejado de Jonia. Se sentaba en las nudosas raíces y cerrando sus felinos ojos dejaba que la magia pura inundase todo su ser. El poder latente se sentía cada vez más fuerte con forme la joven se aproximaba al templo. Meciendo con suavidad sus nueve colas atravesó las descomunales puertas. El interior era un espectacular juego de luces y sombras creado por las ramas entrelazadas. El pavimento de mármol poseía cierto resplandor tenue que sin lugar a dudas era debido al encanto del lugar. Ahri se sintió como en casa; caminando como si flotara en el pulido pavimento mientras atravesaba la sala longitudinal. Se aproximó a otra puerta; está recubierta de musgo y diminutas flores rosadas. Inhaló. Y salió al exterior. El fascinante paisaje era una continuación del que daba la bienvenida al monasterio. Las hojas rojas mecidas por el viento, posándose suavemente en la tierra. El sol inundando cada rincón, invitando al descanso y la meditación. Ahri echó un rápido vistazo a su alrededor. Había un anciano apoyado en unas rocas, con los ojos cerrados mientras toqueteaba su esponjosa barba blanca. Un poco más lejos una joven de cabellos dorados se sentaba junto a una lámina de agua. Dudosa, volvió a echar otra ojeada; buscando el sitio idóneo para su retiro espiritual. Todos los posibles lugares parecían el adecuado y al mismo tiempo no. Unos minutos más tarde se decidió por un rincón alejado, situado junto a un joven árbol de corteza plateada. Con una sonrisa de satisfacción en los labios, la vastaya se arrodilló junto al tronco. Con delicadeza posó sus finas manos en él. En seguida notó la energía palpitante de su interior. Comenzó a respirar con lentitud, marcando un ritmo. Poco a poco lo que había a su al redor empezó a desdibujarse, creando sonoras manchas de color. Solo estaban ella y la energía de la corteza que la conectaba directamente con la tierra. Estaba a punto de cerrar los ojos y dejarse llevar cuando escuchó un crujido. De pronto en alerta, enfocó con total claridad sus alrededores y separó los dedos del árbol. Aquella sensación de nerviosismo volvió a aflorar. Tragó saliva. Lentamente se puso en pie. El crujido venia de detrás del árbol. Agarró con fuerza sus amuletos como un acto reflejo. Sus ojos se abrieron como platos al descubrir aquello que había originado el extraño ruido. Allí, medio escondido entre raíces y plantas, había un ser diminuto. Sus grandes ojos se movían sin parar. Lo que debía ser piel estaba recubierto por decenas de brillantes escamas azuladas. Su larga cola se balanceó al ver a la joven; contento de ser descubierto. Ahri no daba crédito. ‘’Es imposible’’ se dijo, negando para sí. Pero de pronto aquella criatura abrió la boca, dejando al descubierto una perfecta hilera de afilados dientes como si de miles de agujas se tratase. Emitió un sonido amortiguado y volvió a cerrarla. Sus escamas brillaban con la luz solar. Tintes de añil, con un suave resplandor plateado que recordaban a la plata fundida, acompañados del frescor del azul verdoso de los estanques. El animal la miró de nuevo, con sus ojos negros. La joven, armándose de valor, alargó una mano y acarició las ásperas escamas. Era un dragón. Allí, en el monasterio Hirana. En Jonia. Delante de sus ojos.
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