[D.L. Relato 49] Un clavo ardiendo

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Debido a problemas con las herramientas del foro, aparte de en su correspondiente hilo, enlazamos al relato original en el formato en el que nos fue entregado. ---------------- Lucian se despertó bruscamente. El sudor frío que acompañaba a sus malos sueños le recorría la espalda. Siempre era así después de uno de sus viajes. Las cosas que él y Senna habían decidido vivir dejaban una marca. Senna roncaba sonoramente a su lado. Esta vez ella tendría más cicatrices que él. La batalla había sido dura. Dejándola dormir, Lucian se levantó cojeando para asearse y preparar algo de desayuno. Graff, el dueño de la propiedad, una granja demaciana muy próspera, mantenía la casa con todas la comodidades y provisiones necesarias. Según él decía, lo hacía para cumplir la deuda que tenía con Senna y Lucian por salvar a su familia. La deuda estaba saldada desde hacía años, pero era muy beneficioso para él que se supiera que ellos, los Centinelas de la Luz, residían allí. - Tenemos que ir a un sanador. No podemos combatir así, Luc.- Las primeras palabras de la mañana de Senna, como siempre, eran muy pragmáticas. - Yo no puedo mover el brazo y da pena ver tu pierna.- Lucian asintió, a ninguno de los dos les gustaba estar a menos del cien por cien. - Sí, pero lo primero que necesitamos es descanso, cariño. Ni el mejor sanador puede sustituir eso.-. La mañana parecía transcurrir pacíficamente. Senna limpiaba las armas mientras Lucian leía las cartas que les eran enviadas desde toda Runaterra, buscando el próximo destino. --- Senna levantó la cabeza en un gesto súbito - ¿Sientes eso?-. Una repentina presión en el pecho, indicación de una gran acumulación de poder. -Magia. Y poderosa, están intentando invocarnos.- Senna le lanzó su abrigo. -Coge rápido lo que necesites, lo van a conseguir-. Se colocaron espalda contra espalda mientras el salón de su casa se difuminaba ante sus ojos. Armas apuntadas hacia donde estaría la cabeza de al menos dos de los hechiceros necesarios para asegurar el éxito de un ritual de esta envergadura. Ambos susurraron al unísono. “Te amo”. Enfundaron las armas inmediatamente al ver la imagen ante ellos. La cábala que les había teletransportado estaba formada por nueve hechiceros, siete de los cuales habían quedado inconscientes tras el ritual. En los rostros de los dos hechiceros conscientes había una desesperación patente, lo cual daba a entender, junto a los fuertes sonidos metálicos que provenían desde fuera de la tienda en la que se encontraban, que esto era un campo de batalla, y que las cosas no iban bien para este bando. Senna salió inmediatamente del lugar, para asegurarlo y porque su lesión era más evidente que la de Lucian. Ser el último bastión de la esperanza de alguien conlleva muchas responsabilidades, la primera de las cuales es no mostrar ninguna debilidad. Estaban en Jonia. Era la única posibilidad que tenía un grupo de magos de este calibre para sacar un adelante un ritual de estas características y no morir en el intento. La magia se respiraba en el aire. Lucian tomó la palabra, enfrentando a los dos hechiceros -¿Contra qué lucháis?-. Ellos se miraron entre sí, y tras una pausa incómoda, una voz raspada musitó una sola palabra. “Harrowing”. --- “Esto va a ser difícil”, pensó Senna. La oscuridad era absoluta. Penumbra total, en luna nueva para más inri. Aún con su vista entrenada, no alcanzaba a ver más allá de un par de pasos. Arma desenfundada, pero baja, a la altura de la cintura, se acercó con rapidez al foco de batalla que sonaba más cercano. Dos soldados combatían. Senna dudaba que fueran capaces de ver más allá de los mandobles que blandían con ímpetu. Siguiendo una corazonada, gritó a pleno pulmón, por encima del doloroso entrechocar de los metales. - ¡Soldados, conmigo!-. Su voz retumbó con una potencia increíble, imposible de lograr por sí misma. “Jonia se defiende” pensó Senna. Como si siguieran una coreografía, ambos soldados ejecutaron la misma maniobra de retirada. Senna esbozó una media sonrisa al confirmar sus sospechas, pudiendo distinguir la misma librea en los soldados que se acercaban a ella, uno por cada lado. Cerrando los ojos, la Centinela de la Luz disparó al suelo. El resplandor del proyectil hirió las pupilas de los soldados durante el tiempo suficiente para que Senna pudiera desarmarlos con rapidez. “Todos estamos en el mismo bando”. --- Lucian salió de la tienda caminando con normalidad, ahogando los latigazos de dolor que su rodilla izquierda enviaba por todo su cuerpo bajo su férrea voluntad. El plan era sencillo: poner a los a vivos a salvo mediante el mismo ritual que habían utilizado para traerles aquí. Para ello, necesitaban encontrar al brujo que lideraba la cábala que les había invocado y reunir a todos los supervivientes. Una vez eso estuviera hecho, tocaba encontrar a la corrupta criatura que lideraba este vórtice de oscuridad, y eliminarla. El brujo se había adentrado en la oscuridad de Harrowing junto con los líderes militares y el alcalde del asentamiento. Según Vendrel, el mago que le había transmitido toda esta información, el brujo había deducido que esta era la única forma de acabar con la oscuridad. Senna le esperaba a unos pasos de la tienda, repartiendo órdenes a un grupo de soldados que la miraba con veneración. - En grupos de tres. La señal, si escucháis a alguien, es “Graff”, enseñádsela a todos los vivos que encontréis. Cuando hayáis reunido al menos a veinte de una vez, traedlos al pabellón principal. Si encontráis resistencia, la señal de auxilio es “Centinelas”. Los soldados se dispersaron ordenadamente siguiendo las órdenes de Senna. Lucian se aproximó y entre susurros intercambiaron la información que habían obtenido. - ¿Y si Harrowing ha tomado las almas del brujo y de los mejores guerreros de este lugar? Tu plan tiene unas lagunas bastante evidentes, querido-. Senna observó, con la tranquilidad que la caracterizaba en los momentos en los que la presión era extrema. - Los hechiceros que tenemos deberán ser suficientes, entonces. Que hagan uso consciente de la magia que nos rodea esta vez-. - Es un clavo ardiendo-. - Han sobrevivido a Harrowing durante ocho días. Eso también es un clavo ardiendo-. - Ya. Odio encomendarme a fuerzas que no comprendo-. - Yo también. --- Con todos los supervivientes atrincherados en el pabellón, Senna sugirió a los magos que empezaran con el ritual intentando extraer las fuerzas de la tierra en lugar de sus propios cuerpos. La respuesta fue inmediata. Dieciocho ojos brillaron verdes, rebosantes de poder. La tenue luz de las velas se quedó en nada. Vendrel sonrió. Senna salió del pabellón. Unos latidos más tarde, éste desapareció. Ella se dispuso a seguir el rastro de su amado. No resultaba particularmente difícil. Los muertos no se volvían a levantar por donde había pasado Lucian. --- El dolor sordo de su rodilla se había ido apagando gradualmente a medida que los combates le iban acercando al epicentro de este mar de terrores. El Centinela, cuerpo a tierra, se arrastró hasta el borde de un cráter, del cual provenía un mantra que se repetía en una lengua que Lucian conocía bien. Aquí no había supervivientes. La primera víctima de Harrowing había sido el brujo, y había logrado atraer las almas de los mejores combatientes al infinito ejército de las Islas de la Sombra. Había mucho poder. Demasiado para que un solo Centinela pudiera asegurar la completa destrucción de este vórtice. Tenía que interrumpir la letanía que se repetía con cada vez más intensidad desde el fondo del cráter. De completarse, la última oleada de Harrowing, la más poderosa, arrasaría con todo el lugar. Lucian se levantó de un salto, tenía que distraerlos hasta que llegara Sen… Resbaló. Su maltrecha rodilla cedió tras todo el maltrato al que había sido sometida en las últimas horas. Irremisiblemente, la inercia le empujó a caerse por el cráter. Un súbito y brutal golpe de viento le abofeteó la cara y le tiró de culo al suelo, evitando su caída a lo que habría sido su final. No pudo evitar sonreír. Un clavo ardiendo. --- Senna aceleró el paso al escuchar el inconfundible sonido de los disparos de la reliquia de su compañero. Él estaba de pie, cediendo terreno, paso a paso, vendiendo cara cada pulgada frente al avance inexorable de una legión de no muertos comandada por el brujo a lomos de una criatura de pesadilla. El terreno pareció transformarse en pendiente para facilitarle la carrera. Levantando su brazo útil, disparó una ráfaga cargando contra los terrores de Runaterra. Lucian se paró en seco. Juntos, los Centinelas de la Luz no retroceden.
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